jueves, 25 de agosto de 2011

Puch Carabela


por Marta

Nos dejó un tres de noviembre, precisamente el mismo día que había venido al mundo. Coincidencias de la vida…pero es que, por muy amargo que sea, en ningún sitio está escrito que no puedas morir el día de tu cumpleaños.

Y es que los años de mi abuelo fueron setenta y cuatro años de coincidencias. La de nacer el año que estalló la guerra, la de tener exactamente los mismos ojos turquesas de su madre y la de que una de sus primas fuera su media naranja. Una media naranja de las de verdad, de las que sabes que existen pero nunca te tocan a ti.

Era un amor en calma; de interminables pasodobles en la plaza del pueblo, de leche con magdalenas para desayunar y de dos huevos pasados por agua a la hora de la cena. Un amor tan intenso que me gusta pensar que traspasó su piel para instalarse en sus cromosomas. Sus descendientes lo hemos heredado al nacer y en mi caso mi propio abuelo lo alimentó con sugus y caramelos de café. Y es que la pasión hacia los nietos es la más dulce que hay.

Ahora veo su Puch Carabela a lo lejos en el campo y siento como si nada hubiera pasado. Como si la acabara de dejar allí y se hubiera puesto “a sus labores”. Quieta y silenciosa desde que él la aparcó en ese lugar. Y es que, según me acerco, me da la sensación de que la moto sigue esperándole y se resiste, orgullosa y terca, a acompañar a su dueño. Pero tiene que entender que nunca volverá. Y por mucho que le cueste tendrá que asumir que los días de huerta, de caminos y labranza pertenecen al pasado.

Enfilo la senda en su moto, esta vez a los mandos, el sol está cayendo frente a mí, deslumbrándome con sus rayos…quizás por eso se llenan de agua mis ojos turquesas.