miércoles, 3 de agosto de 2011

El secreto del baúl (del libro RelateAndo)


por Ricardo

El almacén, en el número veintinueve de la calle de Santa Ana, esta poco iluminado y peor ventilado, el desorden se aprecia como norma básica de depósito para cualquier objeto que entre allí.
Encima de una silla, imitación Luis XVI, se muestra orgulloso un magnetofón de doble pletina encastrado en su caja que, jura la propietaria, perteneció a los servicios secretos, añadiendo en un susurro:
-Las cintas no están borradas.
En la cima de una pila de objetos, en equilibrio inestable y vigilando todo el almacén, se muestra altivo, en su maletín y sus ocho discos de pizarra, un gramófono grippa de 1930, con el que la propietaria, me cuenta, deja boquiabiertos a los más jóvenes que lo ven funcionar sin pilas ni electricidad.
Mientras caminamos me explica las excelencias de aquella mecedora, este calibrador o aquel sombrerero, y mi mirada se detiene bajo una columna de maletas y flecos de cortina donde se muestra un baúl de cuero, que en primera impresión aparece ajado, pero bajo una mirada más atenta está roto y destartalado; sin embargo, el encanto de su labrado y la suavidad de su tacto me enamoran; su calor pasa a mi mano y recorre el brazo y el cuello llegando a la nuca; tratando de no mostrar mis emociones me alejo, haciendo que lo que fue un escalofrió aparezca como una mueca de disgusto exagerada frotándome las yemas de los dedos para quitarles el polvo.
Al final del recorrido disfrazo mi interés en el baúl, agrupándolo con otros objetos que me encajan para acondicionar un viejo salón; la propietaria marca un precio que rebajo sustancialmente y después de sostener su mirada unos instantes, acepta a regañadientes.
Ya en casa disfruto de mi reciente adquisición; lo contemplo e intento descifrar su mensaje, pero no entiendo lo que parece trasmitir; no sé dónde colocarlo y acaba en mi despacho sobre la mesa auxiliar huérfana de fax por desuso.
Mientras pienso que podría ser el receptáculo perfecto para todas esas carpetas y legajos de papeles antiguos que rondan por estanterías y cajones, lo abro y en un desgarro del forro, veo la esquina de un papel que juraría antes no estaba ahí; papel viejo, pero inmaculado, parecía que nadie antes lo había leído; se me eriza el vello, me da la impresión de que ninguna mano lo había escrito, me dispongo a leerlo.
El relato no era nada original, contaba las sensaciones del primer día de colegio de un niño de seis años, en la España de los años sesenta; me sentí identificado, no era extraño, yo había asistido a un colegio idéntico con un profesor similar. Me llevo un tiempo despegar ese papel de mis manos, al fin, lo guardé en un cajón.
Al día siguiente retomé mi decisión de preparar el baúl como pequeño almacén, pero de nuevo volví a ver un papel bajo el forro, lo tomé entre mis manos y tuve que sentarme, ya que me empezaron a flaquear las fuerzas, era otro relato, este sobre una máquina de recuerdos que manejaba un hábil cirujano; esto es cosa de la cabeza, me dije aturdido, salí a dar un paseo y despejarme; esa noche no pude dormir.
Las ocupaciones diarias me dieron una pequeña tregua, pero al entrar en el despacho y mirar el baúl, mi corazón empezó a latir con fuerza, levanté la tapa y vi otro papel bajo el forro, este relato es sobre una niña que toma aceite de hígado de bacalao, me desmayé.

La tranquilidad de la rutina me hace gozar; después de varios años y de algunos cursos sobre narración, he aprendido a disfrutar de mi baúl.
Hoy, después de haber leído mi relato en el taller de creación literaria, me ha parecido ver el guiño de complicidad en una de mis compañeras cuando ha leído el suyo.