jueves, 11 de agosto de 2011

Como un héroe (del libro RelateAndo)


por Martha




Olegario Andrade era el hacendado más poderoso que había al sur del Río Negro que divide en dos a Uruguay.
Un día, nadie sabe porqué, se subió a la azotea de su casa negándose a bajar. Enarboló la bandera nacional en un palo. Ya estaba instalado.
La casona era grande, de dos pisos, con altillos en la parte superior. La construyeron hacía un siglo en una elevación del terreno; se avistaba desde muy lejos.
Desde allí dirigía la estancia y a la gente. Poco a poco se fueron acostumbrando a esa rareza del patrón. Le alcanzaban todo lo que necesitaba.
Se acercaban a pedir órdenes, a comunicar eventos; todo, a los gritos.
Cuando algún hacendado vecino cabalgaba hasta allí a comprar o vender ganado, las transacciones se hacían desde arriba, siempre un ayudante diligente correteaba por la escalera que hizo instalar, con documentos y papeles. De la misma manera le subían la comida, que era casi siempre la carne asada que es la comida diaria de los gauchos.

Su mujer lo dio por perdido. Le tejía chaquetas y bufandas con la lana merina de sus ovejas, para que pasara el invierno.

Ya no se hablaba en esos pagos, como es costumbre en el campo, refiriéndose al tiempo, “antes del gran temporal”, “cuando el río se desbordó”, ahora la referencia para los acontecimientos era la manía del patrón.
Antes, y después de su manía.

Una mañana vio desde su atalaya, un jinete a galope tendido, sudoroso, desencajado, era el domador de la finca vecina. Portaba la noticia de que habían avistado una manga de langosta de varios quilómetros.

Ordenó encender hogueras por todo el campo, hizo que le subieran cacerolas y cucharones para ahuyentarlas con el ruido.
A la caída de la tarde desde su posición de vigía, las vio venir; el horizonte estaba oscurecido por una enorme nube negra, asomándose dio la voz de alerta.

Su mujer desde el patio le suplicó que bajara.
No la escuchó.
Ahí está, le explicó a la familia, como un loquito, golpeando cacerolas y agitando sábanas.
Ella cerró la mansión a “piedra y lodo”, pues es sabido que las saltonas se cuelan por cualquier lado.
La gente del campo, con latas, palos y cornetas, armó una batahola infernal. Los insectos llegaron por millones con su consiguiente ruido, sus mandíbulas trituraban sin cesar. Lo más asqueroso es que se pegaban al pelo y a la ropa. Las madres escondieron a los más pequeños en las casas.
No hubo tiempo de recoger la ropa de la colada puesta a secar.
Cuando días después la plaga se levantó, no había nada, ni trigo, ni maíz, ni la alfalfa sembrada para el forraje de los miles de cabezas de ganado; los árboles frutales y los ornamentales quedaron pelados. La ropa colgada en las sogas, desapareció.
Las gallinas comenzaron a poner huevos de yema colorada con un sabor repugnante; se habían dado un banquete de saltonas.

Don Olegario en la azotea gesticulaba y saltaba, totalmente desnudo, le habían comido la ropa. ¡Hijas de puta!, gritaba, mientras se tapaba sus vergüenzas con las manos, ¡las parió, qué invasión!
Era un espectáculo. Del pabellón patrio quedaba solo un jirón prendido al mástil.
Perdidas sus posesiones aéreas no le quedó más remedio que bajar, abrazado a lo que quedaba de la bandera. Abajo lo esperaba la familia y el gauchaje, entre vítores y aplausos. En loor de multitudes.