sábado, 9 de julio de 2011

La Gran Estafa (del libro RelateAndo)

por Marta




Start spreadin' the news,
I'm leavin' today
I want to be a part of it,
New York, New York...

Frank Sinatra’s song



Nueva York está a mis pies.
No soy King Kong, soy limpiacristales del Rockefeller Center, uno de los edificios más altos de la ciudad.
La isla de Manhattan es realmente maravillosa. A lo largo de sus más de veintiún kilómetros de largo y casi cuatro de ancho está contenido, seguramente, lo mejor y lo peor de este mundo. Una especie de Arca de Noé del siglo veintiuno. Desde lo más alto del edificio puedo divisar toda su extensión y contemplar la colmena de construcciones que se extiende bajo mis pies. Algunas veces evito mirar hacia abajo e imagino que la isla no es más que una alfombra, una alfombra por la que camino intentando no tropezar con los edificios más altos. Otras veces aproximo mis dedos y simulo coger con ellos los minúsculos coches y camiones que circulan por las calles. Cuando limpio las ventanas, la ciudad se refleja voluptuosa; como si del espejo mejor pulido se tratase soy capaz de hacer que cada día la ciudad brille…me gusta mi trabajo.
Todos los días disfruto contemplando el devenir de la ciudad. El amanecer de Nueva York es uno de los mejores momentos del día, sin duda. El tiempo se detiene y durante algunos instantes tengo la sensación de que la ciudad dormida nunca va a despertar. Pero siempre me equivoco, Nueva York siempre despierta. Da igual el día de la semana o del año. La marea de taxis amarillos comienzan a inundar las calles y poco a poco el movimiento y el sonido de los cláxones empiezan a ser perceptibles desde mi posición. El anochecer, sin embargo, me resulta fugaz. Como si del decorado de un teatro de Broadway se tratara, de repente se produce un baile de colores que trae una oscuridad aderezada por miles de lucecitas amarillas. Dicen que Nueva York nunca duerme, yo creo que con tanta luz no le dejan dormir.
Es curioso fijarse en este tipo de cosas, pero si hay algo que me gusta es observar a la gente, que es lo que realmente da vida a la ciudad. El hombre del impecable traje negro y corbata azul que habla desde su telefóno móvil no es un “yuppie” que cerrará esta mañana un importante negocio. Su compañera de oficina que le acompaña acelerada, café en mano, tampoco está enamorada de él y no va pulcramente depilada. Él, casado desde hace años, habla con su mujer porque su hijo tiene fiebre y tienen que ir a buscarle a la guardería. Ella está a punto de ser despedida de la empresa, acaba de cumplir los cuarenta y vive con su madre viuda.
La joven rubia sentada bajo el árbol en Central Park no es una estudiante de duodécimo grado que será admitida en la Universidad de Harvard. Tampoco va a pertenecer a una hermandad femenina llamada Alpha. Lo cierto es que lleva un estricto tratamiento mediante píldoras para acabar con el acné y atiende en la lavandería propiedad de su padre.
La señora gorda que espera al autobús no acostumbra a alimentarse de comida basura. Aborrece las hamburguesas. En realidad padece un problema de tiroides y procura hacer ejercicio todos los días caminando desde Harlem hasta su trabajo. Aunque es negra no tiene ni idea de gospel y no ha cantado en su vida.
Cuando llegas a vivir a Nueva York te crees afortunado porque desde ese momento tu vida va a formar parte de esas otras vidas de película que tan bien conoces. Sin embargo pronto te darás cuenta de que en Nueva York te sigue molestando el juanete del pie izquierdo, tu madre sigue llamando para recordarte lo que debes hacer y, para colmo, a la salida del trabajo no te estará esperando la rubia de tus sueños. Siento darte esta mala noticia, sobre todo si aún vivías en la ignorancia, pero en Nueva York los árboles son árboles, los perros, perros y la gente, simplemente gente. Seres humanos que tropiezan cuando caminan por la calle, que sienten que la rutina les aplasta, que se sienten culpables cuando no hacen algo bien y que en muchas ocasiones se sienten solos en una gran ciudad. Gente a la que le huele el aliento por las mañanas, que van al cuarto de baño con un periódico en la mano y que tienen ardor de estómago tras una comida pesada. Y eso es lo que realmente hace maravillosa a esta ciudad: ser capaz de mantener ese gran secreto.