viernes, 4 de mayo de 2012

RELATO EN CADENA II: SOR PRISCILA

Para todos los lectores dejo en esta entrada el resultado de nuestro segundo relato en cadena. En mi opinión, a pesar de las incoherencias, de los personajes que se quedaron perdidos como el Padre Julián y que el título no tenga nada que ver con el contenido, sigo pensando que tenemos futuro como escritores "colectivos". Creo que la idea es buena y que se podría escribir, trabajando con este texto de base, un relato bastante decente. Dejo a cada renglonero esa idea por si quiere hacerlo por su cuenta. Eso sí, los derechos de autor son compartidos. Mención especial para Walda, la renglonera encargada de empezarlo y finalizarlo. Porque consigue acabar con el experimento de forma magistral. Un final breve, conciso y coherente.A mi me parecía imposible. Gracias a todos por vuestra ilusión.
Como todos los días desde que ingresó en el convento la hermana Priscila se levantó a las seis de la mañana: rezó sus oraciones matinales, se puso el hábito, arregló la modesta habitación, y se dirigió a la capilla. Era la encargada de disponer todo lo necesario para la celebración de la misa que empezaría a la siete, después tomaría un frugal desayuno con todas las religiosas, y rápidamente partiría al hospital. Desde que la habían asignado aquel trabajo se sentía feliz. Ayudar aquellas pobres mujeres a traer sus hijos al mundo era algo maravilloso, sobre todo, porque sabía que Dios la había puesto allí para cumplir una gran misión.Tan es así que en aquella provincia donde había más gente que en la guerra, por lo que se follaba más de lo habitual, las familias tenían de diez a doce hijos por cabeza... de mujer, se entiende, y de trece en trece meses, se quedaban todas preñadas,así que Priscila, pidió a Dios en oración que la mandase una ayudante, pues tenía un enormísimo trabajo y... Ella había ingresado al convento, para huir de sus demonios interiores. No sabía, o había sido mal aconsejada, que cada cual se lleva sus monstruos allá donde va. Es imposible escapar de ellos. Las pesadillas, el miedo a las sombras, el sobresalto que le producían ruidos fuertes. En aquel silencio del claustro oía con más claridad, sus gritos y sus carcajadas. El Padre Julián, -que a hurtadillas le palpaba sus caderas abundantes, que se resistían a menguar a pesar de las oraciones y los ayunos, y que se escondían debajo del hábito repolludo-, le decía a la Priora, moviendo su cabeza peluda: "La cabra al monte tira...". Cuando los jueves estaba invitado a comer, no le quitaba de encima sus ojos envueltos en bolas de sebo. Estaba segura de tener la marca de Satanás en la cara. Lola apenas se inmutó cuando la Priora le comunicó que su tiempo como postulanta había concluido, y debía ayudar a la hermana Priscila en el hospital. Le pareció lógico, había hecho estudios de enfermería y sabía que podía ser útil en este cometido. Bajo la nueva identidad de Hermana Caridad, enseguida estaba a cargo de tareas importantes, como las nuevas admisiones. Por eso fue la primera en valorar a la extraña paciente que se presentó aquel Viernes 13 por la mañana. Muy joven, a punto de dar a luz, sin hablar ni una palabra de español ni de otra lengua reconocible, llevaba un vestido rojo que más bien parecía una túnica, y un collar con un extraño colgante de hierro en forma de cruz invertida. Como las horas pasaban sin que el parto se consumara, Lola y la hermana Priscila permanecían ya de noche al lado de la paciente cuando el Padre Julián entró en el paritorio. No hay novedad, informaron las hermanas. Nos turnaremos para cuidarla. Vaya tranquilo, que le avisaremos en el momento en que se ponga de parto. Pero aún pasaron veintrés días y el 6 de junio se desató una terrible tormenta. El resplandor de los relámpagos iluminaba intermitentemente el lecho de la joven parturienta, que se retorcía de dolor y trataba de ahogar los gritos que brotaban de su garganta mientras apretaba con fuerza el crucifijo del colgante. La hermana Caridad ayudada por el padre Julián y la hermana Priscila asistieron durante toda la noche el parto de la mujer, hasta que a las seis de la madrugada, un bellísimo bebé de pelo rubio y rizado vino al mundo. Tenía los ojos verdes y muy abiertos, las manos y los pies afilados y una amplia frente tatuada con la imagen del crucifijo invertido que colgaba del cuello de su madre. La hermana Caridad y sor Priscila se miraron extrañadas, exactamente con la misma cara que lo hicieron veinte años después cuando ante la puerta del convento se presentó aquel hombre joven, cuya buena facha no se les escapó a ninguna de las dos; por suerte el tatuaje que tenía bajo el flequillo sólo alcanzó a verlo la hermana Caridad. Una vez cortado el cordón umbilical, Caridad recogió al niño, lo envolvió en una toalla cuidándose de ocultar la frente y se lo llevó a toda prisa. A solas con él, le frotó enérgicamente con alcohol tratando en vano de borrar a aquel dibujo. Si lo descubría sor Priscila todo el plan se vendría abajo. Le pareció que el niño se reía de ella y de sus esfuerzos por borrar aquel estigma. Se le nublaba la vista, le tambaleaban las piernas. Estaba segura, la criatura se reía, de nuevo se estaba riendo. En ese momento Caridad comprendió que todo lo que hiciera para intentar cambiar el destino sería en vano. Supo en ese momento, y la cara angustiada de Sor Priscila cuando regresó al paritorio no hizo sino confirmar sus sospechas, que la madre moriría al dar a luz a la criatura. Y asi fue. Estaba escrito. Lo que no estaba escrito es que aquel estigma fuera apareciendo poco a poco en todas las frentes de cada una de las hermanas del convento, que al cabo de un tiempo dejaron de frotarlo y decidieron tomarlo como un mensaje de Dios, que no como un capricho. La hermana Caridad no se conformó tan fácilmente y decidió investigar sobre esa especie de cruz invertida y su significado en la vieja biblioteca del Convento, allí había códices y documentos que remontaban a los siglos tercero y cuarto de la era de nuestro Señor. En ellos descubrió que nacería un niño con aquella señal, que sería el Ángel de la Muerte. Una de las mujeres presentes en el parto, tendría que asesinarlo, de lo contrario, transcurrido veinte años volvería para apoderarse de sus almas, y llevarlas al infierno.